¿Quién es Abel Azcona?

En Veo Arte en todas pArtes seguimos la trayectoria de Abel Azcona desde hace muchos años. Lo conocimos en Santander, durante un curso de verano impartido por Antoni Muntadas. Ya entonces, su presencia era magnética: un artista joven, profundamente comprometido con su historia y con una necesidad urgente de transformar el dolor en arte. No se trataba solo de lo que decía, sino de cómo lo encarnaba. Era evidente que estábamos ante una voz distinta, llamada a romper moldes.

Desde aquel primer encuentro, hemos visto cómo su obra crecía, se expandía y desbordaba los límites del arte convencional. Y hoy, más que nunca, creemos necesario contar quién es Abel Azcona y por qué su obra importa.


El niño interior (Abel Azcona, 2018-2020)

cuerpo y trauma: Un arte que grita

Hablar de Abel Azcona (Madrid, 1 de abril de 1988) es sumergirse en una obra que parte del cuerpo, nace del trauma y encuentra en el arte un espacio de catarsis. Hijo de una joven prostituta y con adicciones, abandonado al nacer tras tres intentos de aborto, Azcona ha construido su carrera desde los márgenes.

Su vida y su obra son inseparables, y en cada performance busca nombrar, compartir, transformar. El arte, para él, es catarsis: un acto de purga y sanación individual y colectiva.

Desde sus primeras acciones, ha recurrido al arte de acción como espacio de verdad. En obras como Empatía y prostitución, Amén o Los padres, su cuerpo ha sido archivo, escenario y denuncia. Muestra no lo simbólico, sino lo vivido: el abandono, el abuso, la marginación.

Su obra ha sido presentada en más de cuarenta países y ha generado controversia, censura y también reconocimiento. Su capacidad de convertir el dolor en discurso estético y político lo sitúa entre los grandes referentes del arte de acción actual.


El artista Abel Azcona y su madre, Isabel Gómez Aranda, durante la ‘performance’ ‘Madre e hijo’, este martes en el Círculo de Bellas de Madrid. Cintia Sarría

“Madre e hijo”: la performance del reencuentro

El 1 de abril de 2025, el mismo día en que cumplía 37 años, Abel Azcona llevó a cabo una de las performances más significativas de su carrera: el reencuentro público con su madre biológica, Isabel Gómez Aranda. La acción tuvo lugar en la Sala de Columnas del Círculo de Bellas Artes de Madrid, comisariada por Semíramis González.

Durante una hora, madre e hijo permanecieron en silencio, tomados de la mano, sin necesidad de palabras. Frente a cerca de 400 asistentes, se produjo un gesto simple y profundamente transformador: la exposición pública del reencuentro como una obra de arte viva.

La acción culminaba un proceso iniciado más de un año antes, con el primer contacto entre ambos, seguido de encuentros privados, testimonios escritos y grabaciones documentales.

“La que viene no es la madre que me abandonó, sino la madre que me vino a buscar”, dijo el artista, resumiendo el peso emocional y simbólico de la acción.


Un punto de inflexión vital y artístico

Este reencuentro no clausura su obra biográfica: la reconfigura. No niega el dolor, pero lo transforma. Por primera vez, Azcona se permite construir desde la posibilidad de la reparación. La pieza, además, ha abierto el camino a nuevas colaboraciones con su madre, que ya forma parte activa de futuros proyectos.

La curaduría de Semíramis González fue clave para encuadrar este gesto dentro de una reflexión más amplia sobre los afectos, el duelo y el poder del arte como ritual. Fue un acto de amor, de memoria, de presencia compartida. Un renacer simbólico en su propio cumpleaños.


Arte que desborda sus propios límites

La obra de Abel Azcona demuestra que el arte puede ser ritual, catarsis y puente entre historias separadas. Hoy, su trayectoria recoge biografía y denuncia, pero también propone nuevas formas de reparación, empatía y acción colectiva.

En un presente saturado de imágenes sin cuerpo, su práctica nos recuerda que todavía es posible crear desde la verdad. Que el arte, cuando nace de lo vivido, tiene la capacidad de tocar lo real. Y que en esa franja vulnerable entre el yo y el otro, entre la herida y la palabra, podemos encontrarnos.

Abel Azcona con su madre en la performance en Círculo de Bellas Artes. Carlos Villarejo.

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