San Juan de la Peña ante el fuego: dos monasterios unidos a su paisaje

El incendio de Las Peñas de Riglos ha puesto en peligro el Monasterio Viejo y el Monasterio Nuevo de San Juan de la Peña. Los dos forman parte de una misma historia, aunque responden a épocas y formas de vida distintas. Su valor no se mide por el número de visitantes. Está en la memoria que guardan y en su relación con la montaña y las poblaciones cercanas.

Datos del incendio actualizados el 18 de agosto de 2026.

Fotografía del monasterio Viejo de San Juan de la Peña (2023). Por Nunurix.

Dos monasterios para una misma historia

Dos monasterios separados por alrededor de un kilómetro y medio forman San Juan de la Peña. El Monasterio Viejo creció bajo la roca durante la Edad Media. El Monasterio Nuevo surgió en la pradera de San Indalecio después del incendio que arrasó parte del antiguo edificio en 1675.

Sería un error considerar uno como el monumento principal y el otro como un simple añadido. Ambos pertenecen a la historia de la misma comunidad benedictina. El primero está unido a los orígenes del Reino de Aragón. El segundo cuenta cómo la comunidad intentó continuar su vida después de una catástrofe.

Su arquitectura muestra dos maneras de relacionarse con la montaña. El Monasterio Viejo se adapta a la peña y ocupa sus huecos. El Nuevo extiende una planta regular sobre un claro del bosque. Uno reúne siglos de cambios en un espacio reducido. El otro responde al deseo de establecer un nuevo orden después de la destrucción.

El Monasterio Viejo: construir bajo la roca

De monasterio medieval a panteón real

Un documento del año 928 ya menciona un monasterio dedicado a san Juan. Sin embargo, el lugar alcanzó su mayor importancia durante el siglo XI. Sancho Garcés III de Pamplona introdujo la regla de san Benito en 1028. Las donaciones de monarcas y nobles favorecieron después su crecimiento.

Durante los siglos XI y XII, San Juan de la Peña se convirtió en un centro religioso y político relacionado con la formación del Reino de Aragón. En su Panteón Real descansan Ramiro I, Sancho Ramírez y Pedro I. Sus sepulturas hicieron del monasterio un lugar de memoria de la monarquía aragonesa.

El monasterio también estuvo conectado con las rutas de peregrinación del Camino de Santiago. Patrimonio Cultural de Aragón

Iglesias bajo la peña

Una gran visera de roca cubre el Monasterio Viejo. La peña lo protege y condiciona la forma de todas sus estancias. Los muros siguen las irregularidades del terreno. Los diferentes espacios se superponen para aprovechar cada hueco de la montaña.

La iglesia prerrománica o iglesia baja es la parte más antigua. Data del siglo X y consta de dos pequeñas naves. Las cubren bóvedas de cañón y las separan arcos de herradura. Los constructores excavaron parcialmente en la roca sus dos ábsides rectangulares.

En el siglo XII, varios pintores decoraron la cabecera con escenas del martirio de los santos Cosme y Damián y de la glorificación de la cruz. Estas pinturas forman uno de los escasos conjuntos románicos que todavía pueden contemplarse in situ en Aragón.

La iglesia alta data de 1094. Tiene una sola nave y una cabecera con tres ábsides. Su decoración incluye arquillos ciegos y bandas de ajedrezado jaqués.

El claustro y los panteones

El claustro ocupa otro espacio protegido por la roca. Los especialistas atribuyen sus capiteles al taller conocido como Maestro de San Juan de la Peña o Maestro de Agüero.

Los relieves representan escenas del Génesis, la infancia de Jesús y la vida pública de Cristo. Las figuras se comprimen dentro de los capiteles y adaptan sus gestos al espacio disponible.

El conjunto conserva también el Panteón de Nobles y la capilla gótica de San Victorián. El incendio de 1675 dañó el Panteón Real, que hoy muestra una reforma neoclásica. Cada ampliación respondió a las necesidades de quienes vivieron, rezaron y encontraron allí su lugar de enterramiento.

Fotografía del monasterio Nuevo de San Juan de la Peña (2023). Por Nunurix.

El Monasterio Nuevo: continuar después del incendio

La reconstrucción tras el fuego

El 24 de febrero de 1675, un grave incendio arrasó numerosas estancias del Monasterio Viejo. El fuego agravó las dificultades que la comunidad arrastraba desde hacía tiempo.

En 1682, la Congregación de los benedictinos tarraconenses aprobó el traslado a la pradera de San Indalecio. Las obras de la nueva iglesia comenzaron en 1693. La bendición del templo tuvo lugar en 1705 y los trabajos terminaron en 1714. Patrimonio Cultural de Aragón

Un monasterio barroco

El nuevo conjunto sigue modelos barrocos. Una gran plaza y dos claustros ordenaban sus estancias. Esta planta regular permitía separar las actividades de la comunidad.

En el ala sur estaban la cámara del abad y las celdas de los monjes. El ala oeste acogía el archivo y el salón de ministros. En la zona norte se encontraban el comedor, la cocina y la enfermería.

El monasterio contaba también con una biblioteca, bodegas y graneros. Disponía de un hospital, alojamiento para los peregrinos y caballerizas.

La iglesia ocupaba el centro del conjunto. Tenía tres naves, seis capillas laterales y una cúpula sobre el crucero. Su fachada occidental combinaba piedra y ladrillo.

El escultor Pedro Onofre realizó la portada a partir de un diseño anterior de Francisco del Plano. En sus hornacinas aparecen san Juan Bautista, san Indalecio y san Benito. Cada figura recuerda una parte de la historia del monasterio.

Abandono y transformaciones

La comunidad vivió en el Monasterio Nuevo hasta 1835. La Guerra de la Independencia, la desamortización y el posterior abandono causaron un grave deterioro.

El edificio actual es fruto de diferentes restauraciones. También incorpora arquitectura contemporánea sobre las estructuras que han llegado hasta nuestros días.

Sin embargo, su importancia no depende de su función presente. El Monasterio Nuevo conserva la memoria del traslado de la comunidad y de su esfuerzo por reconstruir la vida monástica. También permite conocer la arquitectura benedictina de la Edad Moderna y los cambios que sufrió el patrimonio religioso durante el siglo XIX.

Dos formas de habitar la montaña

Las diferencias entre los monasterios permiten entender cómo cambió la comunidad a lo largo de los siglos.

En el Monasterio Viejo, la arquitectura acepta los límites de la roca. Las estancias se acumulan, cambian de nivel y aprovechan cada espacio. La montaña participa directamente en la construcción.

El Monasterio Nuevo responde a otra concepción. Su planta se organiza mediante ejes, patios y alas regulares. La comunidad buscó un lugar amplio donde reconstruirse, pero permaneció dentro del mismo territorio.

La pradera de San Indalecio tampoco es un terreno neutro. El bosque determina su aislamiento, su clima y sus accesos. La comunidad pensó el monasterio barroco para ese claro concreto de la montaña.

Los dos edificios muestran formas diferentes de vivir en un mismo paisaje. Separarlos de su entorno impide comprender las decisiones que determinaron su construcción.

Un paisaje natural y humano

El Paisaje Protegido de San Juan de la Peña y Monte Oroel ocupa cerca de 9.514 hectáreas. Se extiende por Bailo, Caldearenas, Jaca, Las Peñas de Riglos, Santa Cilia y Santa Cruz de la Serós.

El espacio conserva pinares de pino silvestre, hayedos, abetales y quejigares. En sus paredes rocosas encuentran refugio aves como el quebrantahuesos, el alimoche y el águila real. Los barrancos, las riberas y los pastos completan este paisaje de media montaña. Boletín Oficial de Aragón

En este territorio también encontramos ermitas, caminos tradicionales, iglesias y viviendas. Santa Cruz de la Serós conserva las iglesias románicas de San Caprasio y Santa María. Botaya, Ena, Bailo y Santa Cilia participan de la historia del conjunto.

El paisaje no es una vista que rodea los monasterios. Durante siglos proporcionó materiales, agua, alimentos y caminos. También determinó el aislamiento de la comunidad y su relación con los habitantes de la zona.

El incendio de Las Peñas de Riglos

El avance del fuego

El incendio forestal comenzó el 10 de agosto de 2026 en el término municipal de Las Peñas de Riglos.

El 17 de agosto, los cálculos provisionales indicaban que el fuego había afectado a unas 17.500 hectáreas. La emergencia obligó a evacuar 19 núcleos de población y a unas 1.046 personas.

Tras varias jornadas muy difíciles, los equipos de extinción lograron estabilizar la mayor parte del incendio. Algunos sectores continuaban activos y exigían vigilancia. Gobierno de Aragón

La defensa de los monasterios

El 13 de agosto, las llamas llegaron a los cortados de San Juan de la Peña. El Monasterio Viejo y el Monasterio Nuevo estuvieron en grave peligro durante varias horas.

Los equipos de extinción realizaron un fuego técnico en la pradera de San Indalecio. Con esta intervención consiguieron frenar las llamas antes de que alcanzaran el Monasterio Nuevo.

La proximidad del fuego también obligó a entrar en el Monasterio Viejo para salvar los bienes que podían trasladarse. Los equipos llevaron al Museo de Huesca los restos de los primeros reyes aragoneses y de otros miembros del linaje real. También retiraron la indumentaria militar del conde de Aranda, varias piezas arqueológicas y algunos fragmentos de pintura mural.

Las llamas no dañaron ninguno de los dos monasterios. El 17 de agosto, el director de extinción confirmó que San Juan de la Peña y el monte Oroel estaban a salvo. Europa Press

Un balance todavía provisional

Todavía no conocemos todos los efectos del incendio en el paisaje protegido. Los técnicos tendrán que medir la superficie quemada y estudiar los daños en los bosques y los hábitats.

También deberán revisar los edificios y comprobar las consecuencias del humo, el calor, el agua y los trabajos de emergencia.

San Juan de la Peña no es un producto turístico

Reducir San Juan de la Peña a la categoría de atractivo turístico es un error perverso. Convierte el patrimonio cultural en un producto y mide su valor por el número de visitantes.

Este lenguaje nos deshumaniza porque nos acostumbra a consumir los lugares en vez de comprenderlos. Borra a los monjes que construyeron los monasterios, a quienes trabajaron para mantenerlos y a las comunidades que siguen habitando el territorio. Borra también una parte de la historia y la identidad de Aragón.

Un monasterio organiza una forma de vida. Sus espacios hablan de personas que rezaron, trabajaron, estudiaron, cuidaron a los enfermos y murieron allí.

El Panteón Real conserva restos humanos. Nadie los creó para formar parte de una exposición. Los pueblos cercanos tampoco son una escenografía destinada a completar una visita.

Durante el incendio, los vecinos tuvieron que abandonar sus casas mientras los equipos de emergencia defendían las poblaciones y los dos monasterios. La alcaldesa de Santa Cruz de la Serós, María Fe Vinacua, lo expresó con claridad: «Sin vecinos, de poco sirven los monumentos». Cadena SER

Proteger a la población y cuidar el patrimonio son responsabilidades unidas. Los monasterios conservan su sentido porque forman parte de un territorio habitado. Sin las personas que transmiten su historia, mantienen los caminos y cuidan el monte, los edificios corren el riesgo de convertirse en una imagen vacía.

El turismo puede ayudar a conocer y conservar San Juan de la Peña. Sin embargo, debe estar al servicio de su valor cultural y de las necesidades del territorio. El número de visitantes, la ocupación de una hospedería o la rentabilidad de sus servicios no determinan la importancia de este lugar.

Lo que queda por proteger

La recuperación deberá incluir la revisión de los dos monasterios y el regreso seguro de los bienes trasladados al Museo de Huesca. También habrá que estudiar los daños en el espacio natural.

Las personas afectadas necesitarán apoyo. El incendio tendrá consecuencias sociales y económicas que continuarán después de la emergencia.

El Monasterio Viejo y el Monasterio Nuevo forman parte de una misma memoria. El primero muestra la adaptación medieval a la roca. El segundo conserva la respuesta de una comunidad que decidió reconstruirse después de un incendio.

San Juan de la Peña se comprende desde esa continuidad. Su protección exige cuidar los edificios, el bosque y a quienes viven en sus alrededores. El patrimonio mantiene su sentido cuando permanece unido a las personas.

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