Recientemente, el Consejo Internacional de Museos (ICOM) ha revisado el documento que debe marcar el rumbo ético de miles de instituciones culturales en todo el mundo. No es una mera actualización administrativa. Tampoco un manual de buenas prácticas. El Código Ético constituye una declaración de intenciones sobre qué significa ser un museo y cómo debe ejercer esa responsabilidad.
Sin embargo, sería un error interpretar esta nueva versión como un cambio de paradigma. El ICOM no está diciendo ahora que los museos deban ser inclusivos, accesibles o socialmente comprometidos. Eso ya formaba parte de su identidad.
De hecho, el propio ICOM es quien establece la definición internacional de museo, probablemente la más influyente del mundo. Cuando en 2022 esa definición fue revisada tras años de debate, muchas de las cuestiones que hoy parecen incuestionables —la accesibilidad, la participación de las comunidades, la diversidad, la sostenibilidad o la inclusión— quedaron incorporadas de forma explícita.
El nuevo Código Ético no hace sino desarrollar esas ideas y convertirlas en criterios concretos para la práctica profesional. Y hay un aspecto que destaca sobre todos los demás: el museo existe para servir a la sociedad.
Desde nuestra perspectiva, la verdadera razón de ser del museo se encuentra en su vocación social. La innovación y los avances tecnológicos deben concebirse como recursos al servicio de la accesibilidad y la educación, logrando que la institución funcione como un espacio dinámico donde salvaguardar el patrimonio represente, fundamentalmente, una contribución directa y de valor para la comunidad.
En este sentido, el nuevo código ético del ICOM consolida de forma explícita estos deberes ya asumidos ante la ciudadanía.
Su compromiso con la sociedad
Durante los últimos años hemos escuchado hablar con frecuencia del «museo social». A veces da la impresión de que se trata de una tendencia reciente o incluso de una respuesta a los cambios políticos y culturales del presente.
El Código recuerda justamente lo contrario. La función social tiene una importancia semejante a la conservación, la investigación o la difusión del patrimonio. Es la razón por la que esas funciones existen.
Un museo conserva porque la memoria colectiva tiene valor. Investiga por qué el conocimiento debe seguir creciendo. Expone por qué el patrimonio solo cobra sentido cuando puede compartirse. Educa porque el acceso a la cultura es un derecho.
Todo ello responde a un mismo objetivo: generar un beneficio para la sociedad. Por eso el primer principio del Código insiste en que los museos deben contribuir al diálogo, promover la inclusión, respetar la diversidad cultural, defender los derechos humanos y favorecer una cultura de paz. No como actividades complementarias, sino como parte inseparable de su misión.
Quizá ahí resida la principal aportación de esta actualización: recordar que la función social no es un departamento dentro del museo. Es el marco desde el que deberían entenderse todas sus actuaciones.
La accesibilidad como punto de partida
Uno de los apartados más interesantes del documento aborda la accesibilidad. Durante mucho tiempo, hablar de accesibilidad significaba pensar en rampas, ascensores o textos en braille. Todo ello sigue siendo imprescindible, pero hoy sabemos que resulta insuficiente.
El Código apuesta por una visión mucho más amplia. Accesibilidad significa también lenguaje comprensible, diversidad de formatos, eliminación de barreras cognitivas, representación de colectivos tradicionalmente invisibilizados y capacidad para generar experiencias culturales donde cualquier persona pueda sentirse bienvenida.
No se trata de adaptar un museo al final del proceso. Se trata de diseñarlo pensando, desde el principio, en la diversidad de quienes lo habitan.
La ética también se ejerce en las pequeñas decisiones
La palabra «ética» suele asociarse a grandes dilemas. Sin embargo, buena parte del Código habla precisamente de cuestiones cotidianas.
¿Cómo se documenta una colección? ¿Cómo se gestionan los conflictos de intereses? ¿Qué ocurre cuando una pieza tiene un origen controvertido? ¿Cómo deben utilizarse las nuevas tecnologías? ¿Qué responsabilidades existen respecto al tráfico ilícito de bienes culturales?
Lejos de ofrecer respuestas cerradas, el documento plantea un marco de actuación basado en la transparencia, la independencia profesional y la responsabilidad. Porque la confianza que la sociedad deposita en los museos se construye también a partir de esas decisiones aparentemente invisibles.
Educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos
La educación ocupa un lugar central en esta nueva edición del Código. Pero conviene entenderla en un sentido amplio.
El museo ya no aparece únicamente como un espacio donde aprender historia del arte, arqueología o ciencias naturales. Se presenta como un lugar donde aprender a formular preguntas, confrontar ideas y comprender realidades complejas. Eso exige abandonar una comunicación unidireccional para favorecer el intercambio de conocimientos con las comunidades.
El patrimonio deja entonces de ofrecer respuestas cerradas para convertirse en una herramienta que ayuda a pensar.
Conservar también implica cuidar los contextos
La conservación sigue siendo uno de los pilares fundamentales de cualquier museo. Pero el Código recuerda que las colecciones no pueden separarse de las historias que contienen.
Investigar la procedencia de las piezas, documentarlas correctamente, respetar los derechos de las comunidades de origen o afrontar con transparencia los procesos de restitución forman hoy parte del trabajo de conservación. No se protege únicamente un objeto. También se protege el significado cultural que ese objeto representa.
Una buena gobernanza también es patrimonio
Resulta significativo que el Código dedique uno de sus apartados a la gestión institucional. Durante años hemos evaluado los museos por la calidad de sus exposiciones o de sus colecciones. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que la manera de gobernar una institución condiciona también su capacidad para cumplir su misión.
La transparencia, la independencia, unas condiciones laborales dignas o la sostenibilidad económica dejan de ser cuestiones administrativas para convertirse en requisitos éticos. Porque un museo difícilmente podrá cuidar de su patrimonio si antes no cuida de las personas que lo hacen posible.
