En el arte contemporáneo hay proyectos que no miran el paisaje como un simple fondo. Lo entienden como una superficie cargada de historia, de gestos y de formas de vida. Nosotras nos hemos detenido en varias propuestas que vuelven sobre una misma cuestión: qué ocurre cuando el territorio deja de ser decorado y se convierte en memoria activa.
A través de lenguajes distintos, estas exposiciones nos hablan de identidad, de herencia, de materia y de vínculos con lo que permanece. También nos recuerdan que el arte puede ayudarnos a leer el presente desde aquello que el paisaje todavía guarda.
Concha García y la memoria del Mediterráneo
Una de las propuestas más sugerentes en esta línea es la de Concha García, que representa a España en la Bienal de Malta 2026 con el proyecto «Vasijas del silencio. Viaje y memoria del Mediterráneo».
La artista parte de la tradición cerámica mediterránea y la conecta con la historia, los desplazamientos y los rastros culturales compartidos. Su trabajo no se limita a recuperar una técnica o una iconografía. Va más allá. Convierte la cerámica en un lugar de memoria, en una forma de pensar el tiempo y en una manera de conectar pasado y presente.
Esta mirada nos interesa especialmente porque entiende la pieza artística como un recipiente de experiencias. No solo contiene materia. También conserva huellas, silencios y relatos.
«Habitar la huella»: identidad, rastro y paisaje
Ese mismo vínculo entre territorio y experiencia aparece en «Habitar la huella: Rastro, memoria e identidad», una exposición que reúne obras fotográficas de distintos artistas para pensar la relación entre paisaje, despoblación, memoria colectiva e identidad.
Aquí el entorno no aparece como algo neutro. Al contrario. Se presenta como una realidad atravesada por lo humano, por las ausencias y por los procesos de transformación social. El territorio se convierte en un espacio donde leer lo que permanece y también lo que se pierde.
Este tipo de propuestas nos parecen especialmente valiosas porque nos obligan a mirar de otra manera. Nos recuerdan que cuando desaparecen ciertos contextos, oficios o modos de habitar, no solo cambia un lugar. También cambia la forma en que una comunidad se reconoce.
Rosell Meseguer y la materia como forma de conocimiento
Otra de las líneas más interesantes de este recorrido aparece en «Mapa de texturas», una propuesta impulsada por Es Baluard dentro de Biennal B en Ibiza.
En ella, arte, artesanía, ciencia y paisaje se cruzan para ofrecer una lectura expandida de la materia. Dentro de ese marco, el trabajo de Rosell Meseguer resulta especialmente revelador. Su aproximación a la geología balear transforma minerales, recursos y materiales del territorio en una herramienta de reflexión artística.
Nos interesa mucho esta perspectiva porque amplía la idea de paisaje. Ya no hablamos solo de un lugar que se observa. Hablamos de un territorio que se toca, que se estudia y que se interpreta desde sus texturas, sus capas y sus materiales.
Además, esta forma de trabajar nos recuerda que la materia también produce conocimiento. Y que el arte puede activar preguntas que conectan investigación, sensibilidad y experiencia.
Ricardo Calero y los saberes ligados a la tierra
A este mapa de relaciones se suma el trabajo de Ricardo Calero, que reivindica materiales y saberes vinculados a la tierra. En su obra aparecen elementos como el mimbre, el esparto, el barro o el yeso. Son materiales con una fuerte carga cultural, pero también con una dimensión cotidiana y cercana.
Lo interesante aquí es que no se plantea una mirada nostálgica. No se trata de convertir la tradición en algo inmóvil. Más bien se propone releer esos conocimientos como parte de un patrimonio vivo, capaz de seguir generando sentido en el presente.
En este punto, el arte se acerca a algo que en Veo Arte en todas pArtes nos importa mucho: la capacidad de los procesos culturales para mantener vivos los vínculos entre memoria, comunidad y futuro.
Arte, territorio y memoria: una conversación abierta
Si leemos juntas estas propuestas, vemos que comparten una intuición de fondo. Todas entienden que el territorio no es solo un espacio físico. Es también una construcción cultural, afectiva y simbólica.
Por eso, cuando artistas como Concha García, Rosell Meseguer o Ricardo Calero trabajan con cerámica, geología, fibras o materiales ligados a la tierra, no están hablando solo de formas. Están hablando de historia, de pertenencia y de modos de habitar el mundo.
Ahí reside, precisamente, la fuerza de estas exposiciones. Nos invitan a pensar qué conservamos, qué transformamos y qué dejamos atrás. Y nos recuerdan que el arte sigue siendo una herramienta poderosa para leer el paisaje como un archivo vivo.
Porque si el territorio guarda memoria, entonces también puede ayudarnos a entender quiénes somos y qué futuro queremos construir.
